Poema (5) de Saturnino Valladares

El hijo único de Nunca Jamás

 

All children, except one, grow up.
M. Barrie

 

Olvidé las lecciones de la infancia:

la dolorosa verdad de una ausencia.

Careciendo de nada, los deseos

que aún no me habían conocido

los colocaba al alcance de mis pies

y manos: la escopeta, el scalextric,

la pelota de fútbol, las canicas,

el coche de pedales, las pistolas

y el traje de vaquero, una diana

con sus seis dardos, el arco y las flechas,

una moto verde de pedales

con amortiguadores amarillos…

Careciendo de todo en mis juguetes.

 

Sucedían los días, las semanas,

los meses. Aborrecía los juegos

y a los amigos, la risa, el teléfono

que anunciaba – ¡cuándo sonaba! – excusas

y enfermedades a mi ingenuidad.

Un dolor callado al filo del grito,

un deseo constante que iba y venía

del corazón, a golpes y a pedradas,

abandonando afiladas agujas

en los rincones tiernos de la carne,

siempre leales y melancólicos

a la memoria de quien no venía.

 

Solitario y vencido por el mundo

sin mi padre, echándole de menos

torpemente en las cosas, las carreras,

los saltos que orgulloso aplaudiría,

festejando, a través de mí, sus triunfos,

perdonándose los días errantes

y olvidando el tiempo que nunca fuimos.

Arduo era aceptar la verdad:

en mi vergüenza hallaba sepultura.

Crecía un viejo en mí cuando era niño

con un silencio resignado y triste.

 

Pero, ¡oh, maravilla!, su aparición.

Viril y hermoso en su cabellera

y el pecho titánico de su abrazo,

reía una bandada de jilgueros

en el Jerusalén de su garganta.

Sus palabras completaban sentidos

que apenas presentía, y eran ciertos:

un mundo extraordinario de pájaros,

piratas, indios, hadas y sirenas,

y una promesa, una pasión, temblando

emocionada: todos los domingos

del tiempo y sus enigmas en la tarde.

Era cierto porque así lo creía,

aunque no sucedió. Nunca hubo tardes

azules de domingo para mí,

que crecí adorando la ilusión

de un niño que no quería crecer.

Puedo hablar, ahora puedo gritar,

ser menos solitario y disperso,

más alegre y orgulloso de la voz

gentil y bíblica de aquel muchacho.

 

(In: Los días azules: CELYA, 2013)

Saturnino Valladares

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