Poema (04) de Saturnino Valladares

Vértigo

 

En las entrelíneas del abismo,

el vértigo susurra su perenne

desasosiego, su continua caída

interminable. Así me nacieron.

De instante y transparencia, de promesa

y enigma, de terrible desencanto.

 

Venga, no llores, deja esa forma

de sufrir el mundo, del desconcierto

universal podemos prescindir

el mediodía de cualquier otoño,

o al llegar la noche, con zapatillas

y pijamas calientes de castañas.

La juventud nunca se ha perdido.

Sigues siendo una niña a los cincuenta,

mandando callar con la risa curva

del cómplice y las manos sencillas,

la ropa caliente, recién planchada,

los cajones ordenados para uso,

la cama hecha y los zapatos limpios.

Tus ojitos de tan claros fluctúan,

desvaneciéndose donde comienza

en mi pecho el hijo y termina el hombre,

pesando un ay sobre mi corazón

que duele en la luz que todo lo envuelve.

 

No llores, mamaíta, ¡lo has hecho

tan bien! Deja ya los platos y siéntate

conmigo a mirarnos el cariño,

de manos dadas, nuestros, sin palabras.

Tu sufrimiento es lo mejor de mí.

 

Sostenme en el aire. No me dejes

nunca

caer,

ni olvidar

la caída.

 

(In: Los días azules: CELYA, 2013)

Saturnino Valladares

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